
CRÓNICA / Rodolfo Casas Rabadán
Entre generaciones de estudiantes, conversaciones y despedidas, una pareja construyó una historia que va mucho más allá de servir alimentos.
En una universidad, la vida parece transcurrir demasiado rápido. Los estudiantes llegan, asisten a clases, conviven con sus amigos y, después de algunos años, se gradúan para comenzar una nueva etapa. Sin embargo, mientras unos llegan y otros se van, existen personas que permanecen en el mismo lugar, observando silenciosamente cómo transcurren las generaciones. Esta es la historia de Marta y Toño, quienes durante veinte años han formado parte de la vida universitaria desde un espacio tan cotidiano como una cafetería.
Su llegada a la institución ocurrió gracias a su hijo, quien estudiaba ahí. Toño fue el primero en comenzar a trabajar en la cafetería y, un año después, Marta decidió acompañarlo y ayudarlo. Lo que comenzó como una oportunidad laboral terminó convirtiéndose en dos décadas de experiencias, amistades y recuerdos que hoy forman parte de sus vidas.
Durante esos años conocieron a cientos de estudiantes, algunos de los cuales regresaron tiempo después de haberse graduado. Marta y Toño recordaron con cariño a jóvenes que alguna vez llegaron a la cafetería siendo universitarios y que, años más tarde, volvieron convertidos en profesionistas, con empleos y una situación económica más estable. Para ellos, observar ese crecimiento fue una de las experiencias más gratificantes de su trabajo.
Pero no todas sus historias se limitaron a observar el paso del tiempo. En ocasiones, la confianza que construyeron con los estudiantes los llevó a involucrarse en situaciones que iban mucho más allá de atender una cafetería.
Una de las anécdotas que compartieron fue la de dos hermanos provenientes de Veracruz. La hermana estudiaba Comunicación y su hermano se encontraba preocupado porque ella salía constantemente. Ante esta situación, les pidieron a Marta y Toño que conversaran con la joven. Ellos aceptaron hablar con ella y, según recordaron durante la entrevista, después de aquella plática la estudiante dejó de salir con tanta frecuencia.
Dejaron huella y conversaciones que, aunque parecieran insignificantes en su momento, más allá de lo ocurrido, esta historia refleja el nivel de confianza que algunas personas llegaron a depositar en ellos. No eran familiares ni profesores de aquella estudiante, pero su cercanía con la comunidad universitaria permitió que fueran considerados personas capaces de escuchar y orientar.
Y es que una cafetería también puede convertirse en un espacio donde las personas encuentran compañía, consejos o simplemente alguien dispuesto a escucharlas.
La relación que Marta y Toño construyeron con la universidad tampoco se limitó a los alumnos. Durante la entrevista hablaron de la buena convivencia que mantuvieron con profesores, especialmente de las áreas de Arquitectura y Comunicación. Entre todos esos recuerdos destacó el nombre de un docente: Alejandro Poblano.
Con él desarrollaron una relación particularmente cercana, tanto que uno de sus encuentros más significativos ocurrió después de la pandemia de COVID-19. Cuando las actividades presenciales comenzaron a retomarse, el profesor regresó a la cafetería para saber cómo se encontraban Marta y Toño.
Según contaron, Alejandro se conmovió al comprobar que ambos estaban bien y que habían logrado superar aquella etapa tan complicada. Después de un periodo marcado por la incertidumbre, el aislamiento y la preocupación, aquel reencuentro representó mucho más que un saludo entre conocidos.
Esta anécdota permite comprender que, con el paso de los años, las relaciones construidas dentro de la cafetería dejaron de ser únicamente laborales. Existía un cariño genuino entre personas que habían compartido una parte importante de sus vidas.
Quizá lo más interesante de la historia de Marta y Toño sea precisamente eso: mientras para muchos la cafetería era un lugar de paso, para ellos se convirtió en un espacio donde nacieron vínculos que permanecieron incluso fuera de la rutina universitaria.
Veinte años no son solamente una cifra. Son generaciones que llegaron con sueños, preocupaciones y expectativas diferentes. Son estudiantes que se graduaron, profesores, que terminaron convirtiéndose en recuerdos.
Sin embargo, toda historia tiene etapas que llegan a su final.
Después de dos décadas, Marta y Toño están por despedirse de la cafetería. Durante los últimos momentos de la entrevista, ambos reconocieron que extrañarán profundamente el lugar, pero sobre todo a los alumnos y profesores con quienes compartieron tantos años.
Su despedida no representa únicamente dejar un trabajo. También significa alejarse de una rutina que durante mucho tiempo formó parte de su identidad y de las personas que hicieron especiales sus días.
Escuchar sus experiencias invita a reflexionar sobre la poca atención que, en ocasiones, prestamos a quienes forman parte de nuestra vida cotidiana. Muchas veces conocemos el rostro de las personas que nos atienden todos los días, pero ignoramos sus nombres, sus historias y los recuerdos que guardan.
Marta y Toño demuestran que una comunidad universitaria no se construye solamente dentro de los salones de clase. También se forma en los pasillos, en las conversaciones espontáneas y en esos pequeños espacios donde las personas encuentran algo más que un servicio.
Pronto comenzarán una nueva etapa, mientras la universidad continuará recibiendo a nuevas generaciones. Habrá otros estudiantes, nuevas conversaciones y diferentes historias que contar.
Pero entre los recuerdos de quienes los conocieron, quedará la presencia de dos personas que, durante veinte años, acompañaron silenciosamente el crecimiento de una comunidad.
Porque Marta y Toño no solamente vieron pasar generaciones detrás de un mostrador. También construyeron relaciones, compartieron momentos y demostraron que, a veces, los recuerdos más importantes de una universidad se encuentran fuera de sus salones de clase.
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